Capítulo 3

Amanecía y Sabana Grande al fin dormía luego de otra noche de jaleo. Roberto y Ladiyí se estremecían sobre la cama de aquel vetusto hotel en la avenida Casanova, aún se entregaban a los brazos de la más sórdida lujuria. Una plétora de olores entreverados gritaba “SEXO”, impregnando las paredes del angosto pasillo donde se concentraba la más oscura y hermosa lascivia que derretía las paredes de la habitación donde dos personas, decepcionadas de la vida, encontraron el sentido a sus propias existencias.

A lo lejos se escuchaba un showman trasnochado en alguna tasca, acompañado por su teclado electrónico, interpretaba una amarga versión del cantante español Chiquetete:

 “Esta cobardía de mi amor por ella.
Hace que la vea igual que una estrella.
Tan lejos, tan lejos en la inmensidad
que no espero nunca poderla alcanzar…”

 El aire acondicionado del hotel estaba dañado. Ambos yacían sudorosos bajo el ventilador de techo, sus largas aspas giratorias generaban un confuso efecto estroboscópico que adornó esa noche calurosa en que Roberto perdió la virginidad por segunda vez. Un dolor tolerable que pronto se tornó en placer desvaneciendo todas sus dudas.

Ladiyí se comportó como toda una dama, fue muy gentil con Roberto quien le inspiraba una ternura infantil que se reprochaba en silencio “¡No, Ladiyí!, no te vayas a enamorar de este tipo” Se decía a sí misma con firmeza  “¡Ay, pero es tan bello! Mira qué lindas le quedan esas botas  militares que no se quita ni para tirar, y es lampiñito como a mí me gustan”. Mientras tanto, Roberto jugaba sobre el repotenciado pecho de Ladiyí cual adolescente durante su primer encuentro sexual.

Ella quiso que la primera experiencia de aquel misterioso y desesperado caballero con una transexual fuese inolvidable y ciento por ciento repetible. Si aún le quedaba algo de lo que ella se enorgullecía, era de su dedicación y esmero por su trabajo. Ladiyí recordó lo que una vez leyó en el panfleto que le dieron en una agencia de telemercadeo donde intentó ganarse la vida sin los riesgos de la noche: “Aumente sus ganancias generando fidelidad en el cliente: Realice una atención telefónica de calidad y la publicidad de boca en boca hará el resto”. Ahora ella cumple este mandamiento todas las noches desde su “oficina” de la avenida Libertador.

Ambos sintieron confianza en el otro, producto de la vulnerabilidad de estar desnudos, cuerpo a cuerpo. Ella le contó que ya no trabaja en la agencia de telemercadeo, hoy prefiere trabajar por su cuenta porque “en estos tiempos revolucionarios hasta las transexuales sabemos cuándo somos explotadas por el capitalista que roba nuestra fuerza de trabajo”. Roberto no podía creer lo que escuchaba, abrió más los ojos y la miró fijamente, el sueño y el cansancio se disiparon, Roberto asumió un aire taciturno y habló sin remordimientos.

-Yo ya no tengo nada que perder. No me importa nada luego de dispararle a mi padre.

-¡¿Qué?! ¿Y qué te hizo tu papá pa’ que le pegaras un tiro? –preguntó asustada.

-Engañarme toda mi vida.

 “… No se da ni cuenta que ya la he gozado
que ha sido mía sin haberla amado
que es su alma fría la que me atormenta
que ve que me muero y no se da cuenta…”

  Le confió a Ladiyí que su padre fue un líder guerrillero que participó en decenas de golpes que pretendieron sofocar el gobierno de Rómulo Betancourt en la década del sesenta. Le dibujó una historia de héroes con cabelleras largas y barbas pobladas que jugaban a destruir al hombre que le dio la espalda al Partido Comunista en 1958, excluyéndolo de la signatura de aquella desigual repartición de Venezuela firmada en la Quinta Punto Fijo, propiedad del dos veces Presidente, Dr. Rafael Caldera.

-¿Y aquí había guerrilla, papi? –indagó recelosa-. ¿Me estás cobeando para que te de el segundo gratis, verdad? -rió estruendosamente para luego rematar con cariño-; no hace falta bebé, el segundo te lo doy gratis cuando quieras.

Pero no era esa la intención de Roberto al compartir sus secretos, ya que su padre le había entregado el testigo en aquella lucha armada que se extinguió durante el período de pacificación.

-Me enseñó todo lo que sé sobre explosivos y sobre la conformación y adiestramiento de guerrillas urbanas y rurales; desde pequeño me transmitió cada detalle acerca de los métodos de tortura empleados en los Teatros de Operaciones antiguerrilleros -sus anécdotas eran tan sangrientas como interesantes-. Él era mi héroe, y me prometió la liberación de las mayorías oprimidas siempre que me parara del lado progresista cualquiera fuese su representación política… pero luego me traicionó…

-¿Y qué pasó? –Susurró Ladiyí, con la mitad del rostro tapado tras la almohada que mordía, nerviosa, atenta, petrificada.

Luego de la pacificación promovida por Rafael Caldera, su padre fue colgando el fusil mientras esperaba por un Mesías que lograra la divina redención del pueblo. Terminó sus estudios en la Universidad Central de Venezuela, más adelante obtuvo un crédito bancario e inició su propio negocio, convirtiéndose así en un pequeño burgués cuya familia fue creciendo bajo el esquema del “ta’ barato, dame dos” promovido por la nacionalización del petróleo en los años setenta.

-Cuarenta años después, mi viejo enterró sus valores revolucionarios y se dejó seducir por el vil capital, lo contactaron unos radicales y le ofrecieron una pelota de real para que diseñara un ataque terrorista donde morirían decenas de personas en las marchas del once de abril de dos mil dos –guardó silencio brevemente, encendió un cigarrillo arrugado y manchado de una extraña sustancia-. Él fue uno de los francotiradores que dispararon a la marcha opositora y… ¡Yo le disparé a él desde Puente Llaguno y luego huí!

Roberto se levantó de la cama y hurgó en su chaqueta de cuero marrón, con impresionante agilidad sacó una pistola y la puso sobre la mesita de noche roída por los miles de embates amorosos a los que había sobrevivido por décadas. Ladiyí saltó de la cama instantáneamente.

-¡¿Qué?! ¿Papi, pero tú estás loco? -corrió a buscar su ropa y comenzó a vestirse, se montó la cartera en un ademán desesperado- ¡Tú lo que estás es loco, papi, y pa’ loca yo! ¿Oístesss?… ¡Pa’ loca yo!

Roberto corrió tras ella y evitó que abriera la puerta de la habitación; sólo quería salir corriendo de ahí antes que ese bello, tímido, sensible, excelente amante y trastornado “desconocido” arremetiera contra ella en un arranque de demencia. Hubo un forcejeo típico de violencia doméstica televisiva e incoherentemente terminaron haciendo el amor de nuevo, como en las telenovelas, pero esta vez fue distinto… los sentimientos no tienen precio en la tarifa de una trabajadora sexual.

¡QUÉ IDEOTA!

Ambos trataban de recobrar el aliento perdido durante la faena. De nuevo se encontraban tumbados uno al lado del otro, boca arriba y casi mareados por el éxtasis sexual y por tanto mirar la espiral del ventilador de techo que giraba. El vaporón que impregnaba el cuarto golpeó el recuerdo de Ladiyí.

-¡Ay, bebé, qué calor hace aquí! Y ese ventilador que lo que echa es puro vapor ¡No sopla nada! Igualito al vagón del metro en el que me monté hoy pa’ venir a trabajar.

-Sí, ¿cuándo será que van a arreglar esa vaina de una buena vez? Nunca se sabe si te va a tocar un vagón con aire o un horno… ¡Y esa paradera entre cada estación!…  –Roberto se interrumpió e hizo una larga pausa, luego volteó hacia ella, se miraron fijamente como si leyeran el pensamiento del otro y sonrieron cómplicemente.

-¿Estás pensando lo mismo que yo? –Preguntó Roberto.

-¿Que tengo hambre, papi? ¿Tú también tienes hambre, bebé? –Respondió Ladiyí inocentemente, cruzó los brazos y automáticamente sus hermosos y enormes senos falsos ganaron tamaño; le miró con hambre- ¿Ya comiste bastante de éstas? -Roberto soltó una ruidosa carcajada, la atascó con entrecortadas respiraciones que recordaron el sonido natural de los puercos. La miró con ternura y le explicó la gran idea que se le había ocurrido.

-No mi Leidi Yi…

-¡Papi, yo no me llamo “Leidi Yi”!… es “La Diyí” –Le corrigió.

-Pero así te voy a decir yo –soltó con ternura-. Fíjate bien, Leidi Yi, escucha con mucha atención lo que te voy a proponer –guardó silencio un par de segundos, la tomó por los hombros y miró seriamente-. ¿Qué te parece si unimos lo que aprendí de mi padre con tus encantos femeninos y ejecutamos un golpe en el Metro? Estoy seguro de que tenemos las armas necesarias para secuestrar un tren y pedir lo que queramos por su liberación. Un sólo golpe y ya está, nos luqueamos y nos piramos… ¿Pa’ dónde es que te quieres ir tú, mami?

-Pa’ España, bebé –afirmó asombrada, incrédula.

Continuará…

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Capítulo 2

LADIYÍ. Su apodo derivaba de las letras D y G pronunciadas en inglés (di, yi), y el “La” que le antecedía era un simple y locuaz “capricho de loca” que le otorgaba un dejo despectivo a su nombre artístico. Se autodenominaba así porque el color de su piel era (o al menos eso contaba orgullosa) como el de un bocadillo de dulce de guayaba -… ¡Y dulce de guayaba se abrevia diyí, papi!- explicaba a sus clientes camino al hotel.

También le encantaban esas iniciales porque le recordaban la firma de alta costura europea que algún día luciría con orgullo sólo para que las “amigas de la oficina”, como le gustaba llamarlas, se retorcieran de la envidia. Entonces al fin sería la reina de la noche y se comería vivos a toiticos los que justifican su lascivia tras la bebida, la cocaína o la piedra. Los felaría con fervor cuidando de no manchar la prenda que esta vez no habría comprado en el mercado de El Cementerio, mientras ellos rompen el hielo tristemente –Pasé por aquí y me deslumbraste con tu belleza, mami, de verdad que pareces una princesa… ¿Tú lo tienes muy grande?… ¿Me va a doler?… ¡Yo no soy marico, mosca!”

LAPIMPI(NELA). Su nombre artístico lo eligió cuando era un niño en los ochentas, tiempo en que se embelesaba con el dueto argentino Pimpinela, de visita en nuestro país, al presentarse en Sábado Sensacional. Las “peleas cantadas” de Pimpinela fueron la delicia vespertina que definiría las relaciones de pareja de Lapimpi durante toda su vida. Las letras de los hermanos Lucía y Joaquín Galán alimentaron su incapacidad de escoger para sí alguna de las dos personalidades que el entorno social judeocristiano latinoamericano le ofreció durante su adolescencia: Ser un hombre machista que sucumbe ante sus desvaríos y comete infidelidades con la esperanza de que su esposa lo perdone eternamente y “aquí no ha pasado nada”, o ser una mujer incólume que con dignidad se embolsilla su mancillado corazón y abandona al hombre pero nunca al hogar.

El trabajo en la peluquería le aseguraba una quincena modesta enmarcada en una incierta estabilidad económica propia de la crisis del tercer mundo. Sin embargo, Lapimpi tenía dos problemas: Uno, le era en extremo difícil cumplir un horario, y dos, era aficionada a intercambiar sexo oral por dinero en los baños del centro comercial durante los descansos que tomaba para fumar. Lo hacía para producir un poco más de dinero y costear el tratamiento hormonal que le hacía lucir cada vez más femenina -¡Es que yo soy una mujer nacida en un cuerpo de hombre!- afirmaba.

En aquella peluquería de Chacaíto conoció a Ladiyí, pero su amistad nació cuando comenzaron a asistir juntas a las marchas del orgullo gay todos los años, las cuales terminaban en una fiesta de dos días seguidos. Luego se enteró de que Ladiyí, al salir del trabajo, también ofrecía servicios sexuales en las fuentes de soda del Boulevard de Sabana Grande para pagar sus implantes de senos y glúteos. Un día, conversando mientras fumaban un cigarro después del almuerzo, concluyeron que sus derechos laborales eran pisoteados por el viejo gordo y maricón dueño de la peluquería, se dieron cuenta de que no ganarían nada extra por ser las atracciones principales de su circo y tras reflexionarlo ligeramente renunciaron, con la vaga e impulsiva meta de dedicarse seriamente al negocio de la prostitución por un corto período de tiempo, mientras reunían lo suficiente para volar a España a cumplir su más grande sueño: Hacer cine porno, ganar en Euros, ser felices y comer perdices.

EL PRECIO POR ESTAR CLARAS EN LA VIDA

Ladiyí y Lapimpinela eran dos transexuales despampanantes con un cuerpo envidiable por cualquier mujer (y muchísimos transexuales, eso era seguro), un hecho que algunas veces resultaba incómodo a la luz del día cuando se revelaban ciertos rasgos que delataban su verdadero género.

Antes de terminar prostituyéndose en la avenida Libertador, Ladiyí y Lapimpi se anunciaron en internet con la finalidad de aumentar su cartera de clientes y minimizar los riesgos. Las fotos que colocaron en internet se las tomó un ex­-novio de Ladiyí, “una noche de copas una noche loca”, en un jacuzzi del hotel Dallas de El Rosal. Fue la primera vez que realizaron un trío, y les salió tan natural que no dudaron en ofrecerlo en sus servicios.

Sus anuncios constaban de datos que apenas rozaban la verdad. Sus cuerpos desnudos en posiciones que invitaban a ser poseídos fueron retocados digitalmente con Photoshop. Así aparecieron en los monitores de miles de internautas ávidos de imágenes sin censura de hombres sometidos a ordinarias intervenciones quirúrgicas, transformados en exuberantes mujeres con penes incorporados.

Trans Ladiyí (FOTO)

Mi mensaje para ti: Hola papi, ven a saborear mi chupetica. Voy a besar todo tu rico cuerpo, déjame llevarte al éxtasis con mi boca que provoca. Soy una chica complaciente, femenina, activa-pasiva. Complazco todo tipo de fantasías. Tengo juguetes. Cambio de roles. Mi servicio a domicilio tiene un recargo de Bs.F 100.

Edad: 27 Años

Estatura: 1,75 mt

Peso: 50 kg

Color de Ojos: Marrones

Color de Cabello: Castaño

Dotación: 20 cm

Doy servicios personales de: Ruso, Francés, Tailandés, Griego, Inglés, Fetichismo.

Atiendo: Hombres, mujeres, parejas.

Mi tiempo

Una hora: Bs.F 500.

Dos horas: Bs.F 1.000.

Una hora (Parejas): Bs.F 1.000.

Noche: Bs. F 4.000

Hago dúo con: Lapimpi.

Trans Lapimpi (FOTO)

Mi mensaje para ti: Soy una chica muy caliente, morbosa y atrevida. Muy femenina, activa-pasiva. Complazco todo tipo de fantasías. Tengo juguetes. Cambio de roles. No voy a domicilio.

Edad: 25 Años

Estatura: 1,70 mt

Peso: 55 kg

Color de Ojos: Verdes

Color de Cabello: Negro

Dotación: 20 cm

Doy servicios personales de: Ruso, Francés, Tailandés, Griego, Inglés, Fetichismo

Atiendo: Hombres, mujeres, parejas.

Mi tiempo

Una hora: Bs.F 500

Dos horas: Bs.F 1.000

Una hora (Parejas): Bs.F 1.000

Noche: Bs. F 4.000

Hago dúo con: Ladiyí

Ladiyí y Lapimpi pensaron que, con la tecnología de su lado, reunir dinero sería rápido y sencillo. En menos de quince días ya no circuiteaban a lo largo del boulevard de Sabana Grande, no se exponían más a ser molestadas por la policía, conocieron clientes de estatus acomodados y disminuyeron sus participaciones en escándalos de hoteles de mala muerte, sin embargo… la competencia era feroz. Así como ellas, decenas de transexuales invadían diariamente el internet con sus verdosos y distorsionados delfines y tribales tatuados en la parte baja de sus bronceadas espaldas fritas en aceite de coco, con sus desproporcionadas siliconas piratas y sus delatoras manzanas de Adán.

EL CHANCE DE TU VIDA

Era uno de esos días en los que a las seis de la tarde ya era de noche. Ladiyí llegó temprano a la esquina de la avenida Libertador en donde se encontró con Lapimpi y  la Morocha. Ladiyí se contoneó elegantemente y con suavidad alrededor de su poste, miró fija y sensualmente a los conductores, a las tres de la mañana aún no había tenido suerte. Más allá, en la oscuridad del callejón hediondo a pipí de indigente, Lapimpi terminaba de procurarle sexo oral a un joven noctámbulo que recién salió de una tasca de la avenida Solano -¡Más prendío que tabaco ‘e bruja, mi amor!- mientras que la Morocha se había ido con un cliente tres horas atrás y aún no regresaba.

-Marica, ¿qué le habrá pasado? ¿Será que se la llevaron pal Hotel Bruno?… adonde entran dos y sale uno (risas)- Dijo Lapimpi como un mal chiste que esconde una legítima preocupación por su amiga, fundamentada en que la noche y sus vicios suelen atraer personajes tan indeseables y prepotentes como los que conoció cuando trabajó en aquella peluquería de Chacaíto, pero nunca tan violentos y aberrados como los que transitan de madrugada por la avenida Libertador buscando lo que no se les ha perdido. Esa noche la Morocha corrió con la misma suerte que su hermana gemela unos años atrás, se fue con un cliente que nunca la regresó a su esquina.

Mientras tanto, un vehículo a toda velocidad surcaba la misma avenida en sentido oeste-este. Cuando Roberto conducía de ese modo, sus pensamientos divagaban en un infinito pasillo de torturas infantiles que no recordaba si las había soñado o vivido, eso no le importaba ya. Le parecía estúpido pensar así pero no quería seguir viviendo.

Roberto se martirizaba acechando su propio perdón, y antes de suicidarse estrellándose contra el poste de luz que lo redimiría de sus angustias pensó: -¿Seré marico?, me he preguntado muchas veces eso y llegué a una conclusión, llegué a mi verdad, no sé si es la verdadera pero para mí lo es. No me gustan los hombres, nunca me he sentido atraído hacia ellos, incluso sólo me imagino besar a un tipo con barba y me da asco, pero… quiero tirar con un tranfor de estos, quiero que me jorunguen el punto G antes de morir pa’ ve’ si es verdad que es tan arrecho así.- Los cauchos chirriaron fuertemente contra el asfalto, Roberto se detuvo frente a Ladiyí y la subió al carro.

Esa noche, Ladiyí encontraría el amor en el hijo bastardo de un ñángara ex-guerrillero y Roberto descubriría en su ano una razón para seguir viviendo.

Continuará…

Capítulo 1

Cuando la DG (Diyí) entró al metro le sorprendió ver a numerosos jóvenes ataviados con la inconfundible indumentaria gobiernera repartiendo lo que parecían ser marcalibros, al detallar de cerca el obsequio vio que se trataba de un rectángulo hecho de cartón que simulaba una regla de diez centímetros con el logotipo del Metro de Caracas luciendo la frase “Estamos Tomando Medidas”.

A la DG le pareció una publicidad institucional extremadamente aguda para los despreocupados usuarios de “la gran solución para Caracas”, cuyo bestial comportamiento denota que hace tiempo olvidaron las normas básicas de conducta dentro de un sistema de transporte que también descuidó la calidad de su servicio. Pensó que de nada serviría el haber escrito en letra chiquitica al dorso del cartoncito casi una veintena de normas, no había nada que le aliviara su decepción. La DG no apostaría ni un bolívar por sus maleducados coterráneos.

CACHETE CON CACHETE, PECHITO CON PECHITO

Las llamadas “horas pico” eran divinas. Brutalidad, empujones, egoísmo e indolencia vivía la DG todos los días mientras viajaba en un vagón sin aire acondicionado junto a decenas de personas. Luego de esperarlo por más de diez minutos, el tren tuvo incesantes retrasos y paradas inesperadas dentro del túnel, lo que hizo del viaje un castigo para unos, pero para otros fue una violación consensuada con la ropa puesta. -Es que hasta se ríen, ¡hay que ver que son bien pajúos!- piensa la DG con cara de culo cada vez que se le recuestan maliciosamente los hombres que entran al vagón a empujones al escuchar la señal de cierre de puertas. Tuuuuuuu…

“Estamos Tomando Medidas”. Fue aquella lacónica frase la que atrapó su atención, pensó que para ella también era hora de tomar medidas: Su figura ya no emulaba a la de una chica esbelta, dinámica y actual como la que salía en la parte de atrás de la caja de Special K. -¿Cómo ser una chica esbelta si cada vez ponen a una caraja más flaca?- Pensó en voz alta y la gente la miró como si estuviese loca. Ella reflexionó en segundos sobre su realidad, -Ay, me sabe a mierda- rezongó, entre dientes, ya estaba harta. Mientras no consiguiese trabajo mucho menos tendría dinero para costear “la dieta de las Misses” y los centímetros de más acumulados en su abdomen y caderas no desaparecerían espontáneamente, y por si fuera poco, en el Abasto Bicentenario frente a la pensión donde vive no lo venden regulado. ¡Fin de mundo!

-¡Qué arrechera!- Volvió a pensar en voz alta y se montó en el vagón atestado de gente indeseable que la miraba de arriba abajo como si fuera un mono del zoológico con un repugnante cáncer que guinda de su entrepierna. “No se deje faltar los respetos”, le decía su mamá cuando la DG aún vivía en los páramos merideños, y aunque la DG (Diyí) no fuese una mujer biológica, desde pequeña se sintió toda una dama de carácter atravesado, una recia princesita de las montañas, por eso siempre espeta con temeridad -¿Qué te pasa papi? ¿Nunca has visto a un transexual en el metro?

Continuará…